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El laberinto colombiano — Aitor Díaz-Maroto Isidro

Tras las elecciones legislativas del pasado 11 de marzo, Colombia se encuentra inmersa en una nueva carrera electoral. Una vez confeccionados el Senado y la Cámara de Representantes, la campaña vuelve a iniciarse para elegir al mejor candidato presidencial. Sin embargo, esta nueva cita con las urnas no se está desarrollando de la manera que se pensaba antes de las legislativas. ¿Por qué digo esto? Porque el panorama que ha dejado la anterior jornada de marzo dista mucho del que se presupone como el escenario más probable el próximo 27 de mayo.

A modo de resumen, el Senado ha quedado con una mayoría exigua del Centro Democrático (partido fundado por el expresidente Álvaro Uribe), seguido por el partido Cambio Radical y el Partido Conservador Colombiano. Sin embargo, en la Cámara de Representantes, el Partido Liberal Colombiano obtuvo la mayoría seguido por el Centro Democrático y Cambio Radical. En ambas cámaras, cabe destacar tres aspectos: 1) la diferencia de los partidos con más representantes; 2) el partido FARC (grupo creado por las antiguas guerrillas FARC-EP) tiene sus cinco curules en ambas cámaras a pesar del batacazo electoral que sufrieron; y 3) la coalición Decentes consiguió 4 senadores y 2 congresistas; es decir, prácticamente no obtuvo representación en las cámaras legislativas.

No obstante, la carrera presidencial dista mucho de los resultados que ha arrojado esta primera cita con las urnas del 2018. Bien sea por las imponentes maquinarias electorales que movilizan los candidatos, por las redes clientelares azuzadas elección tras elección o, simplemente, porque una cosa son las elecciones legislativas y otra las presidenciales (opción acertada en un 99,99%), esta cita del próximo 27 de mayo no se parece en nada a la composición de ambas cámaras.

Según las encuestas de los principales medios de comunicación colombianos, se da por supuesto una segunda vuelta que se celebraría el próximo 17 de junio. Sin embargo, dependiendo del medio que publique estos resultados, los protagonistas varían. Si bien es cierto que la inmensa mayoría citan como candidatos más votados a Iván Duque (candidato del Centro Democrático) y Gustavo Petro (candidato del Movimiento Colombia Humana, dentro de la coalición Decentes), comienza a resurgir una segunda posibilidad. En este otro escenario, los papeles principales los desempeñarían Iván Duque y Sergio Fajardo (candidato de la Coalición Colombia formada por el Polo Democrático Alternativo, Alianza Verde y Movimiento Compromiso Ciudadano). Por lo tanto, los dos posibles escenarios para la segunda vuelta se pueden resumir en estas palabras: uribismo vs izquierda o uribismo vs centro. Como bien señalan algunos medios, el relato uribista azuzando al castrochavismo para torpedear la candidatura de Petro parece estar ganando cada vez más adeptos, lo que allanaría el terreno para que Duque pudiese imponerse sin dificultades al candidato del Movimiento Colombia Humana.

Sin embargo, esta “victoria” momentánea de la idiosincrasia uribista en el terreno electoral no es el único rasgo identificativo de estas elecciones que las hacen completamente diferentes a lo que se pensaba que iban a ser unos meses antes. La retirada de la candidatura presidencial de Rodrigo Londoño, alias “Timochenko” (antiguo líder de las FARC-EP y Secretario General del partido FARC) antes de la celebración de las elecciones legislativas a causa de las reacciones violentas contra sus actos (hábilmente azuzadas desde ciertos sectores del uribismo), dejaron sin rango de acción a los antiguos exguerrilleros. Este es uno de los grandes cambios que, a principios de año, nadie parecía esperarse. Esto, junto a las acciones de las disidencias farianas, el asunto Santrich y la implementación de la Justicia Especial para la Paz, están marcando una cita electoral que ya partía con un cierto nivel de crispación.

A raíz de unas declaraciones del candidato presidencial por el Partido Liberal Colombiano, Humberto de La Calle, referidas al proceso de paz (resumidas en la expresión “Se están tirando la paz”), se ha abierto un nuevo frente: la posibilidad del fracaso de la paz con las FARC. La petición de extradición por parte de los Estados Unidos del guerrillero Santrich acusado de narcotráfico, la justicia ordinaria (que no la especial derivada de los Acuerdos de La Habana) acorralando cada vez más a Iván Márquez a raíz de su relación con el tráfico de drogas, el miedo a que un juez de Estados Unidos dinamite el proceso, la debilidad del Gobierno para sacar adelante los Acuerdos, la Corte Constitucional otorgando a un Congreso mayoritariamente contrario a los Acuerdos la posibilidad de derogarlos y el papel de Uribe, Duque y el partido Cambio Radical obstaculizando todo avance del proceso y criticando constantemente a la Justicia Especial para la Paz, han sido los argumentos esgrimidos por el veterano de La Calle para avisar del peligro de vuelta a la guerra.

Esta advertencia no ha parecido calmar ningún ánimo entre los principales candidatos: Iván Duque (siempre protegido desde la sombra por Uribe) continúa cargando duramente contra Gustavo Petro acusándole de prácticamente todo lo que ocurre, ha ocurrido y ocurrirá en Colombia; el candidato del Movimiento Colombia Humana se sigue aferrando a unas encuestas que le aseguran su presencia en la segunda vuelta de las elecciones mientras crítica a sus dos principales adversarios; y Sergio Fajardo continúa esperando que ocurra su tan ansiado milagro de colarse en la cita del 17 de junio. No obstante, todo esto puede dar la vuelta el mismo día de la primera vuelta, cuando el juego de los apoyos eche a andar.

Quizás Humberto de La Calle sólo haya hecho un aviso, una advertencia, pero considerando que el relato uribista en torno a la impunidad con los exguerrilleros y la dejadez del Gobierno para implementar la paz cada vez se hacen más patentes, puede que esta alarma acabe convirtiéndose en realidad. De nuevo volvemos a encontrarnos con una Colombia dividida en torno al tema de la paz, el qué hacer o no hacer con las FARC-EP y en si se les combate mediante democracia o guerra. Escuchando al uribismo, parece darse por descartado el cambio a una política dura contra la antigua guerrilla y sus miembros, lo que podría desembocar en una nueva guerra de cincuenta años. Solamente podremos vislumbrar algún atisbo de solución a este enorme laberinto a partir del 27 de mayo; hasta entonces, toda afirmación o sentencia absoluta podría ser fácilmente desechada.