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Breve consideración sobre el primer mes del gobierno de Bolsonaro — Lisa Belmiro Camara

Después de estar por 14 años consecutivos en las manos del Partido de los Trabajadores (PT), el poder ejecutivo brasileño ha cambiado hacia el otro extremo del espectro político. En 28 de octubre de 2018 ganaba las elecciones el militar de reserva Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), y con el empezaban nuevos tiempos para el pueblo brasileño. A pesar de afirmar que su elección significaba una renovación de la política en el país más grande de América del Sur, Bolsonaro ya lleva 30 años de carrera política, habiendo empezado como concejal (1988) en la ciudad de Rio de Janeiro y después siguiendo como diputado federal en múltiples partidos distintos.

En todo ese tiempo como político, Bolsonaro logró aprobar dos proyectos de ley y siempre fue parte de lo que se conoce como el bajo clero del parlamento. Tiene tres hijos, Flávio Bolsonaro y Carlos Bolsonaro, los cuales también son políticos por el estado de Rio de Janeiro, y Eduardo Bolsonaro, electo por el estado de São Paulo. Todos actualmente están afiliados al mismo partido que su padre, que ante las elecciones de 2018 no figuraba entre los más conocidos e influyentes partidos de Brasil. El PSL tiene tradición conservadora y de extrema derecha, con fuertes tendencias radicales de nacionalismo y anti-comunismo, sumado al liberalismo económico1.

Aunque Bolsonaro ya era conocido por sus posicionamientos racistas, homofóbicos y misóginos2, incluso siendo acusado criminalmente por diferentes razones, como por decir que no violaría a la diputada del PT Maria do Rosário porque ella “no lo merece”3, el político de carrera ganó las elecciones del 2018 en un escenario de fuerte antipetismo (fenómeno que rechaza el Partido de los Trabajadores). Este escenario, reforzado por las operaciones Lava-Jato que llevaron a la cárcel el expresidente Luís Inácio Lula da Silva (Lula), tuvo gran influencia del juez Sergio Moro, después elegido por Bolsonaro para ser el Ministro de Justicia y Seguridad Pública. Se suman, entre otros, al actual equipo del presidente el economista liberal Paulo Guedes, con fuertes influencias de la Escuela de Chicago, el diplomático Ernesto Araújo, conocido por negar el cambio climático e incluso considerarlo una conspiración marxista y Onyx Lorenzoni, fuerte impulsor de la flexibilización del Estatuto do Desarmamento. Además, de los principales cargos ministeriales del gobierno, ocho están en manos de militares4, es decir, la participación civil en temas importantes fue dejada de lado.

Las cuestiones de derechos humanos fueron las más afectadas desde el primer mes del nuevo gobierno, con el cambio del Ministerio de Derechos Humanos hacia Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, liderado por la pastora evangélica Damares Alves, quien no está a favor de cuestiones como el aborto y la demarcación de tierras indígenas. Incluso se ha cambiado la Fundação Nacional do Índio (Funai) desde el Ministerio de Justicia hacia el ministerio de Damares, lo que no ha agradado los representantes de pueblos indígenas. Por otro lado, el cambio en la flexibilización de la posesión de armas ya es una realidad, es decir que, en el país de América Latina y Caribe con más muertes por bala perdida en 2014-2015, según un estudio de las Naciones Unidas (2016)5, ahora es legal poseer arma de fuego en la casa.

Es más, la alineación total de Bolsonaro con Estados Unidos de América (EE. UU.), en la figura de Donald Trump, resulta en una gran posibilidad de cambio de la embajada de Brasil en Israel de Tel Aviv hacia Jerusalén, lo que representa una importante modificación en la política externa brasileña, que ha buscado siempre el equilibrio entre Israel y Palestina. Mientras tanto, las relaciones con los vecinos de Sudamérica no reciben atención, manteniendo suspensa la participación brasileña en la Unión de Naciones Suramericanas. Así, se nota un cambio en el direccionamiento de las relaciones exteriores de Brasil, que se puede considerar un punto de inflexión en las perspectivas de análisis de acción del Itamaraty6.

Por lo tanto, es posible inferir que los rumbos en frente de Brasil se están diseñando en termos de una perspectiva que suele mantener el poder, incluso en el ámbito económico, bajo el control de una elite conservadora, que seguramente no va a gobernar para el pueblo. El nuevo presidente se ha mostrado incapaz para lidiar con temas complejos, como pasó en Davos 7, cuando hizo un discurso relámpago de menos de 10 minutos en frente de importantes líderes globales, lo que ha afectado la imagen de Brasil en el contexto internacional. Así, se percibió en el primer mes de 2019 que Bolsonaro representa incertezas tanto para las cuestiones internas, cuanto para las problemáticas internacionales. Al fin, por todo lo anteriormente dicho, surgen incertidumbres respecto a la capacidad del actual gobierno de solucionar los diferentes problemas con los cuales se enfrenta Brasil.