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15-A, pasiones y espectáculo: la reconfiguración de la política global — Marco Barboza Tello

Un fantasma recorre Europa, arengando por patrias vivas, reconquistas, identidades confesionales, o expulsiones del distinto. Su voz se escucha fuerte desde Budapest, Madrid, Roma o París, acumulando fuerzas y novísimos espacios en el establishment político. ¿Su prédica? Dios, Patria y Familia, asumidos como la quintaesencia de una política cada vez más retrotópica, íntima y emocional.

Para Tronti, en Italia, la insistencia sobre la polémica antipopulista ha hecho que, la izquierda termine entregando el pueblo a la derecha. Desde Francia, Liogier ha estimado en 2017 que, muy pronto, izquierda y derecha no serán más que meros vestigios de un Siglo XX sobrepasado. Hace un año, Habermas puntualizaba que los Estados nación no fueron más que una invención decimonónica por “razones eminentemente pragmáticas”, y advertía sobre la necesidad de recuperar la función esclarecedora de la filosofía, curiosamente, esto último lo hacía, otorgando un rol central en esa recuperación al “discurso milenario de la fe y el conocimiento” 1. Son demasiadas alertas, para no tomarlas en cuenta.

Pues bien, vamos atendiendo esos llamados, y hagámoslo por partes.

Del 11 de setiembre de 2001 en adelante, la incertidumbre y la inseguridad se colaron desde las cumbres financieras hasta las praderas de la cotidianeidad de los ciudadanos globales. El símbolo de dicha crisis endémica, que llegó para quedarse fue, sin duda, el estallido y derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York, un espectáculo que, por sus dimensiones, su locación o sus representaciones asociadas, no tenía precedente alguno. Las interpretaciones sobre este evento terrorista fueron de lo más variopintas, desde un golpe a la opulencia de la riqueza capitalista hasta la inclinación del péndulo del eje de libertades al de las seguridades. Un símbolo quedó, como souvenir escabroso de miedos y angustias a escala planetaria: el 11-S. Durante las últimas dos décadas, él nos ha recordado lo insuficiente de nuestras esferas de control y gestión, y ha apuntalado esa desprotección descarnada, frente a la emergencia incesante de lo incierto y desconocido.

Sin embargo, hoy hemos dado un paso adicional, particularmente intenso, en ese mundo incierto por el que ya transitamos hace algún tiempo. El incendio de Notre Dame, el último 15 de abril, tiene récords de audiencia espectaculares y conmocionantes que podrían incluso superar a aquel evento del 2001. Acaeció en la catedral gótica más famosa y visitada del mundo, en la que confluyen historia, cultura e identidad, de manera muy vívida. Pero, lo más acuciante es que, el incendio ha ocurrido en el contexto de muertes de católicos, musulmanes y judíos incrementándose sin cesar e indolentemente en diferentes partes del globo. Sri Lanka, Christchurch, Los Angeles, son solo recientes comprobaciones de dicho aserto.

¿La violencia, intolerancia y masacres por motivos religiosos son ya un rasgo de nuestra época? Todo parece indicar que sí, y sin embargo, sus orígenes e historia tienen data muy antigua, como la mismísima Notre Dame. El nuevo código para la ansiedad, el conflicto la intolerancia, el miedo y el espectáculo, ya tiene nombre, se llama 15-A. Las principales coordenadas sociales, culturales y políticas de las décadas venideras, estarán signadas por el 15-A.

Ahora hablemos de las pasiones. Éstas han sido el motor de trascendentes cambios a lo largo de la historia. Así, la pasión revolucionaria francesa de fines del XVIII, la pasión romántica del XIX, o la pasión barroca del Siglo XVII, confluyen todas en torno a grandes gestas políticas, artísticas y culturales. No cabe duda que, las huellas indelebles de sus convicciones, apuestas o creaciones han llegado hasta nuestros días.

Sin embargo, desde la matriz cartesiana, las emociones siempre fueron de segundo orden, algo que debía controlarse, gestionarse, reprimirse. Su utilidad transformadora y constitutiva, trocaba en desuso cuando había que vérselas con el ordenamiento del sistema o la estructura funcional. Una cosa era la revolución y otra muy distinta la administración. La trepidante emoción electoral decaía cuando había que gobernar. El gobierno siempre era una hechura de datos, de información veraz y comprobada, de políticas basadas en evidencias – o al menos, buscaba siempre parecerlo-. Pero, en el tránsito del siglo XX al XXI, esa condición ha sufrido cambios sorprendentes y aún poco comprendidos. La big data, la posverdad, la revolución algorítmica, el sentimentalismo tóxico, la intimidad como espectáculo, son solo una parte de esos cambios.

Un vistazo a la coyuntura global nos dice que, Macron promueve grandes debates para acallar a los levantiscos chalecos amarillos, Pedro Sánchez cubre la escena y con una frase “haz que pase” busca zarandear a la ‘España Viva’ nostálgica de patriotismo – el primer round le favorece -, Orbán sigue diciendo que Soros es una suerte de epidemia anti sistema que hace peligrar su europeísmo confesional, Salvini es un cazador implacable de migrantes a orillas del Mediterráneo, Putin, un novísimo e interesado negociador de la desnuclearización, Xi Jinping busca controlarlo todo, incluidas las religiones foráneas 2, y Trump, pues, él construye muros para sostener soberanías melodramáticas y efectistas.

América Latina, en tanto, está atravesada por la violencia, la corrupción, la inseguridad, y las diásporas venezolana y hondureña. Cada prédica y toque evangélico sanador – al más viejo estilo del “toque real” medieval -, no hace sino incrementar la búsqueda de comunidad desde lo precario y fragmentado, y eso Centroamérica y el Caribe lo saben muy bien. Las xenofobias, las polarizaciones, las iras ciudadanas y el desencanto hacen presa de gobiernos que no dan la talla. El desfile de ex presidentes enmarrocados, emula ya el episodio de una serie de moda, aún con eso, y, el reciente suicidio de un ex presidente latinoamericano – para evitar ser detenido por corrupción -, ha situado el espectáculo del poder eclipsado a un nivel cercano al paroxismo.

Bienvenidos todos, a la era de la política espectacular. Las viejas ideologías han dado paso al mundo de las percepciones, las emociones, los sentimientos, potenciados por la conectividad y el internet de las cosas. No se trata de un revival de fascismos, ni populismos – ya sabemos que la democracia está en franco retroceso, el bienestar es cosa del pasado y el progreso se ha diluido -, solo una tríada en estado puro: emoción, imagen y espectáculo, parece guiar ahora los designios globales.

Hacia 1950, un cosmopolitismo ligado al arte hizo que en París proliferara una libertad refinada y calculada, auténtico paradigma del olvidado siglo XX. Hoy, el parecer, el mostrar(se), el diseño de sí, se proyectan, se integran, se comparten, y conforman esa nube de imágenes visionarias al tiempo que nostálgicas. La razón, el cálculo, la estrategia, están por entero al servicio del conmover y el conectar por imágenes, y es que la comunidad hipermoderna no es otra cosa que una comunidad imaginística. ¿La política global es ajena a toda esta constelación escénica? En lo absoluto, es más bien una protagonista militante y concienzuda, máxime, si es que las antiguas convicciones que se defendían en primera línea han devenido en nuestros días en lógicas especulativas, fetichistas y melodramáticas que se muestran y admiran en primera fila. El terreno de las imágenes es el gran theatrum mundi de las nuevas confrontaciones políticas, y de hecho, ya lo está siendo.

Para concluir esta entrega, algunas glosas finales. El espectáculo no conduce a ninguna parte salvo a sí mismo. El espectáculo es el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad moderna. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. Para el espectáculo lo más moderno es también lo más arcaico. Todo lo antedicho sobre el espectáculo en este párrafo es obra de Guy Debord – La sociedad del espectáculo (1967) -, su medio siglo de distancia, no impide la centralidad de su veredicto ni su inquietante actualidad.