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La necesidad de un nuevo rol de la Historia en las escuelas del siglo XXI — Gonzalo Andrés García Fernández

La necesidad de nuevas narrativas e imaginarios colectivos para la construcción de futuros colectivos ha estado presente desde los orígenes fundacionales de los actuales sistemas de gobierno. La Historia profesional ha sido un elemento clave en la construcción de utopías afines con el poder. A pesar de ello, en la actualidad Historia no es sinónimo de pensar futuros posibles o la construcción de utopías políticas y sociales. Y es por ello por lo que normalmente cuando hablamos de investigación histórica o lo que es propio de estudios historiográficos se nos viene a la mente varios conceptos como “el pasado”, “la Historia” y una serie de imágenes y nociones sobre lo que, supuestamente, ha sucedido tiempo atrás. Dicha percepción lineal, rígida y monolítica de “la Historia” que, a menudo se confunde con “el pasado”, es la introducción para este artículo.

Para empezar a desgranar esta problemática de la Historia escolar debemos señalar tres ejes fundamentales. El primero es el de Historia o narrativa histórica, una dimensión que está reservada recelosamente a un pequeño colectivo intelectual (historiadores profesionales). A pesar de ello, estamos ante una dimensión académica muy influyente en el que será nuestro segundo eje: el de la Educación. Esta situación es fruto de una especie de simbiosis política, intelectual e ideológica producida a finales del siglo XIX y principios del siglo XX en el hemisferio occidental-atlántico (Europa occidental y el continente americano). ¿Entre quienes exactamente se produjo esta simbiosis más allá de los conceptos abstractos “Historia y Educación”? Pues nos referimos específicamente al Estado-nación, recientemente configurado pero aun neonato en materia de desarrollo político, y también al colectivo académico de historiadores. ¿Qué sucederá entre el Estado y los historiadores? Nacerá la profesionalización de la Historia de la mano del Estado, pero sobre todo de la nación, un concepto problemático, incluso, hasta nuestros días.

Entonces ¿Por qué el Estado-nación necesita del colectivo de historiadores? Para no extendernos demasiado esto lo resumiríamos de la siguiente manera: el Estado necesita de la nación para legitimarse como estructura de poder tras los procesos revolucionarios de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Pero al mismo tiempo la nación necesita de una historia, es decir, de un relato, para construir una identidad nacional que sirva como verdadero pegamento social y cultural en prospectiva. ¿El resultado? La construcción de los relatos nacionales o Historias generales de la nación que hoy en día conocemos como Historias de países (de España, de Chile, de México, de Francia, de Marruecos, de China, de Japón y un largo etc.).

Pero ¿Qué pasa con nuestro segundo eje, el de la Educación? Es una respuesta que se responde con una pregunta ¿Cómo hizo el Estado, y sigue haciendo, para construir ciudadanía? Esto se llevará a cabo a través de un sistema educativo centralizado que gire, en última instancia, en torno a las naciones. Y es aquí es donde entra nuestro tercer eje: la ciudadanía o formación ciudadana. El sistema educativo de cada país, de cada nación, de cada Estado se encargará de construir planes educacionales-formativos en lo que se denominará escolarización. Así pues, desde la escuela, la niñez y la juventud temprana se edificará en torno a ciertos valores, conceptos, normas y percepciones. A lo largo del siglo XX lo que hemos podido comprobar es una evolución progresiva de la extensión y masificación de este sistema educativo en todo el mundo. Eso sí, a diferentes velocidades y con las particularidades pertinentes, pero con los mismos fines al final y al cabo. A día de hoy nuestro mundo sigue siendo el regido bajo el ideal liberal-republicano de naciones. Llevamos más de doscientos años bajo este modelo nos guste más o nos guste menos. Y todo ello muy a pesar de la denominada “globalización” o de los procesos tecnológicos revolucionarios que avanzan a una velocidad vertiginosa sin que apenas nos demos cuenta.

Llegados a este punto, la gran pregunta que entendemos que debemos hacernos en la actualidad al respecto de lo comentado es la siguiente ¿Es la Historia escolar importante en la formación de sociedades en la actualidad? Mucho se habla de la importancia de la Historia pero ¿Sabemos realmente las consecuencias que tiene aquello en la construcción de percepciones que tienes los jóvenes hoy en día de lo que sucede en el mundo? Sin duda parezca una provocación todo lo que aquí se está planteando y sin duda lo es. Pero es una provocación que va especialmente dirigida al gremio de los historiadores, ya que lo que realmente está siendo foco de crítica aquí es el “gen profesionalizante de la Historia” al cual todo historiador e historiadora debe “lealtad académica”: la nación. Pero no solo a la nación, sino también al Estado e, incluso, al todopoderoso liberalismo republicano (o, dicho de otra forma, a las repúblicas de gobierno representativo vigentes hoy en día).

¿Es influyente la Historia escolar en la formación ciudadana de los jóvenes del siglo XXI? Lo que hemos descubierto es que la Historia no solo importa en este ámbito, sino que es fundamental. Tal es su importancia que cuando un Ministerio o gobierno la intenta eliminar del currículo los profesores salen a la calle, tal y como está sucediendo hoy en Chile. Pero ¿Por qué defender la Historia si lo que está haciendo es construir una ciudadanía con contenidos estancos y conceptos homogeneizantes y obsoletos? Lo que puedo adelantar brevemente al respecto de esto, y como producto de una reciente investigación doctoral recientemente finalizada con estudiantes secundarios chilenos y españoles, es que se pudo registrar y analizar claramente que muchas de las percepciones ciudadanas de los jóvenes secundarios analizados coinciden con la narrativa histórica que les es enseñada hoy en día. Y por percepciones ciudadanas entendemos un amplio abanico que abarca dese una dimensión política, social hasta una de carácter cultural-identitaria.

El ejemplo de la guerra entre la Ministra de Educación chilena (la Ministra Marcela Cubillos) con el Colegio de Profesores de Chile y, con una mayoría social bastante transversal y diversa, es una muestra empírica de que la Historia es parte de la identidad chilena, de nuestro valores patrios (diría un chileno convencido), de nuestras tradiciones, de nuestras costumbres y, más importante, de nuestro pasado. Es aquí cuando se establece lo que entendemos que es el primer error: el eje pasado-Historia. La Historia no es el espejo del pasado. Otra cosa es que las Historias nacionales pretendan que así lo sea bajo un relato lineal, androcéntrico, blanco, occidentalocéntrico y que versa sobre la cronología del ejercicio poder y los poderosos. A pesar de que este relato ha sido objeto de críticas, no lo es en su principio fundacional. Hemos podido comprobar que el relato se actualiza una y otra vez bajo la misma base: la narrativa del Estado-nación, una narrativa que no es foco de críticas o paros “nacionales”. Qué contradicción conceptual, ¿verdad?

En añadidura a todo lo tratado, no es baladí mencionar que de lo que realmente nos hemos percatado como un problema de diagnóstico en la actualidad acerca de la Historia, la educación y la formación ciudadana es que todo ello ha sido tratado “científicamente” desde el laboratorio y de forma separada, y no tanto desde el campo (labor etnográfico-antropológica). Las investigaciones en torno a la enseñanza escolar de la Historia en los últimos veinte años se han centrado más en la forma que en el fondo; en el revisionismo de los contenidos y de como los estudiantes perciben dichos contenidos. Muy diferente de lo que hemos comentado, es decir, de como la Historia influye en la construcción de percepciones y de como estas percepciones pueden hipotecar nuestro presente y, en última instancia, nuestro futuro.

No nos engañemos. La Historia en el sistema escolar no está creando niños, niñas y jóvenes reflexivos, creativos y pensantes. Y si lo hacen, lo harán dentro de unas limitaciones conceptuales como el liberalismo político, el republicanismo, la democracia, la ciudadanía, la nación y un largo etc. ¿Se puede ser reflexivo y crítico con estas categorías de modernidad y progreso decimonónicas? Por supuesto que sí, aunque lo que verdaderamente vengo a denunciar es que no es posible superar cognitivamente ciertas problemáticas políticas, sociales y culturales en la actualidad sino superamos este laberinto epistemológico sin salida.

Entendemos que la Historia debería apoyarse de otras disciplinas como la Etnografía y viceversa, para estudiar lo que sucede en las escuelas y, específicamente, con la juventud que viene y se está formando (investigación de problemas desde la interdisciplina). Pero no tanto y en cuanto a cómo se está haciendo, si no, más bien, en el que se está enseñando. Es por ello por lo que es muy importante poner el acento en esto, de como muchos de esos conocimientos nos están provocando serios retrocesos y limitaciones de cara a la construcción de diferentes futuros posibles, pero también a nuestra imaginación en torno a utopías que valga la pena vivir con ilusión.

Quizás parezca raro, pero hubo una vez que la Historia sirvió para elaborar utopías. Hoy en día eso es sinónimo de ciencia ficción o de debates metafísicos que, al final, no tienen ninguna transcendencia ni incidencia en nuestras vidas. Aquí sin duda entran más variables, como el neoliberalismo cultural hegemónico, el hedonismo de consumo imperante o la atomización social que caracteriza nuestras sociedades del siglo XXI. Un siglo más orientado a reforzar el manejo de ciertas habilidades y a controlar nuestras emociones que a potenciar nuestra cognición e intelecto.

 Finalmente, la esclavitud del siglo XXI parece no estar únicamente en lo material y financiero, sino también en lo intelectual. Estamos condenados socialmente sino logramos emanciparnos cognitivamente, ya que no podemos permitirnos como colectivo humano seguir encadenados a un pasado que nos limita; a un presente que cada vez nos oprime más y a un futuro inexistente y vacío de toda esperanza.

Pero no nos equivoquemos, porque no somos tontos, sino que estamos anestesiados bajo viejos relatos, categorías y conceptos que nos limitan como individuos y como colectivo humano.