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¿Podemos interrogar al futuro? — Rodrigo Escribano Roca

Hace unos días, tuve el placer de recibir una invitación algo heterodoxa para un coloquio académico. En lugar de proponerme un bloque temático aburrido y petulante en el que insertar mi ponencia, como es costumbre, los organizadores me retaron a responder una premisa que, como poco, se antoja complicada: “no podemos evitar los relatos del pasado, ¿pero podemos interrogar al futuro?”. Desde luego, la propuesta me pareció estimulante, pero enseguida se me vino a la cabeza un grupo de científicos sociales, humanistas e historiadores burlones que se reían a carcajadas de que otro historiador se armase de un pañuelo de pitonisa y una bola de cristal para tratar de despejar las brumas del mañana. No es poco corriente que cuando habla uno en nuestros días de la posibilidad de estudiar, anticipar o planificar el futuro, los académicos le tachen de romántico, heterodoxo o charlatán. Me dije para mí, que esto no solo es culpa de los férreos dogmas disciplinares que llaman al supuesto pensador a permanecer lo más alejado posible de las quimeras de la imaginación y de la especulación, bestias negras del racionalismo caduco que sigue siendo bandera de una buena parte de la academia

También existe otro factor que explica esta alergia a pensar el futuro y a anticiparlo desde una óptica crítica y de largo plazo. Sin duda, las ciencias sociales y humanas están siendo víctimas del fenómeno cultural que pensadores como François Hartog, Manuel Cruz o Patxi Lanceros han venido a llamar el presentismo. ¿Qué es el presentismo? Se podría resumir diciendo que es la reacción a la crisis civilizatoria que experimentan las democracias occidentales de nuestro tiempo. Una reacción que consiste en la pérdida de confianza en los grandes horizontes de futuro emergidos con la modernidad (la democracia representativa, el libre mercado, el progreso político y moral) y la consecuente pérdida de interés en la interpretación significativa del pasado y la extracción de lecciones de la misma. No es este un tema baladí para aparecer en un Observatorio Político que se precia de la capacidad prospectiva de sus columnistas. Por supuesto, no es posible determinar cómo y por qué debemos interrogar al futuro en una mera columna de opinión, con lo que lo más eficaz será recurrir a una pequeña anécdota histórico-literaria que nos sugiera respuestas al respecto.

En 1904 el ácido periodista y escritor inglés Gilbert Keith Chesterton, conocido por sus coetáneos como “El Príncipe de las paradojas” escribía una novela futurista llamada El Napoleón de Notting Hill. Ambientada en un hipotético 1984, la novela describía una Inglaterra anodina, políticamente dominada por un ejército de tecnócratas que habían sepultado cualquier tipo de disputa e imaginación política bajo un océano de cálculos racionales. Tal falta de importancia tenía ya la gestión de lo político en esta Albión ficticia, que el rey se elegía por sorteo. Sin duda, Chesterton había perfilado este particular horizonte ficcional a partir de su rigurosa observación de las tendencias expansivas y centralizadoras del estado británico de su tiempo. Sin embargo, en el primer párrafo de la novela él mismo se reía abiertamente de su propia capacidad profética, así como de las ansias de anticipar el futuro histórico que exhibían sus contemporáneos. Decía Chesterton:

La raza humana, a la que tantos de mis lectores pertenecen, se ha dedicado a juegos infantiles desde el principio (…) Y uno de los juegos que más le divierten se llama “No desveles el futuro”, y también “Estafa al Profeta”. Los jugadores escuchan con atención y respeto todo cuanto predicen los hombres inteligentes para la próxima generación. Después esperan a que todos los hombres inteligentes se hayan muerto y los entierren como es debido. Y entonces van y hacen otra cosa. Esto es todo. Sin embargo, para una raza de gustos sencillos es una gran diversión.

Si uno conoce el contexto, sabe que Chesterton estaba ridiculizando a una escuela de historiadores y filósofos universitarios, liderados por John Robert Seeley, Hugh Edward Egerton, Sir Arthur Percival Newton o Sir Lionel Curtis. Todos estos intelectuales ocupaban u ocuparían cátedras de historia nacional e imperial en Oxford, Londres y Cambridge y todos ellos estaban convencidos de que el valor de la historiografía residía en su condición de ciencia humana aplicable a la predicción y la planificación del futuro geopolítico y económico de Gran Bretaña. Partiendo de sus teorías y relatos en torno a la historia mundial, estos intelectuales previeron el ascenso definitivo de Rusia y Estados Unidos como superpotencias, el estallido de conflictos intestinos en la Europa continental y el choque entre el comunismo internacional y las democracias capitalistas del globo. Sus historias siempre culminaban con un capítulo predictivo y propositivo, que generalmente sugirió la transformación del Imperio británico en un estado federal de escala planetaria o la alianza de las potencias anglosajonas como gendarmes del capitalismo y el liberalismo mundial. Un antiimperialista, irracionalista y escéptico como Chesterton no podía militar con estas prognosis y planificaciones. De ahí su burla inicial contra el arte de la profecía y contra la posibilidad de interrogar a un futuro al que el libre albedrío de las sucesivas generaciones hacía indescifrable.

No obstante, deleitarse con el primer párrafo del Napoleón de Notting Hill no basta para entender las ideas de Chesterton sobre el futuro histórico. Siempre instalado en la ironía, el inglés lanzaba al final de la novela un mensaje esperanzador en torno al poder de la premonición como herramienta de liberación intelectual y como detonante del cambio social. Sus dos quijotescos protagonistas son los que nos transmiten esta lección. Auberon Quin, un bufón adicto al humor y a la subversión es elegido rey por sorteo y para ridiculizar un mundo que le resulta terriblemente aburrido obliga a los barrios de Londres a adoptar la heráldica medieval, a autogobernarse y a practicar una suerte de patriotismo feudal. Su previsión es que tras una serie de episodios ridículos y caóticos ante los cuales se divertiría, los tecnócratas impondrían una vuelta al mundo gris controlado por un estado centralizado.

Sin embargo, aparece Wayne, un joven idealista de Notting Hill que se cree a pies juntillas la ficción patriótica pergeñada por Auberon, se hace con el gobierno de su barrio y comienza a impedir que los tecnócratas continúen sus proyectos ferroviarios y empresariales, los cuales están devorando los espacios públicos empleados por los vecinos. Wayne declara una guerra entre Notting Hill y los barrios vecinos y, sorpresivamente, termina venciendo la contienda. Este romántico prevé que su barrio se convertirá en un edén de patriotismo local, que convivirá pacíficamente con el resto de Londres. Sin embargo, los vecinos de Notting Hill, ya del todo contagiados del ethos medieval de Wayne se lanzan a convertir el barrio en un imperio, conquistando los distritos vecinos. Éstos, a su vez, se suman al delirio y hacen caer el imperio de Notting Hill, proclamando la independencia sacrosanta de sus barrios. La imagen final es la de un mundo que ni Auberon ni Wayne deseaban ni habían previsto, pero que, de alguna manera ha visto morir el yugo a la imaginación, a la libertad y al sentimiento cívico que habían impuesto los tecnócratas. Los dos protagonistas concluyen que el mundo ha trastocado la esencia de sus respectivos proyectos, pero también se congratulan al pensar que sus proyectos han transformado a ese mismo mundo a mejor.

Chesterton nos enseña que el valor de una profecía, de una predicción o de una prognosis no reside tanto en la exactitud de su cumplimiento como en el hecho de que, al elaborarla y luchar por que se cumpla, podemos contribuir a que el mundo se transforme a mejor. No se trata, por tanto, de imponer nuestras utopías, prospecciones o sueños al mundo complejo en que estamos inmersos, sino de convertirlas en condición de posibilidad para desarrollar acciones que nos permitan construir el futuro en libertad.  En mi opinión, la inmensa mayoría de humanistas e historiadores actuales que consideran que el develamiento del futuro es una empresa imposible e irrisoria harían bien en tomar nota de las complejas consideraciones arrojadas tanto por Chesterton como por sus coetáneos, aquellos historiadores imperialistas, racistas y eurocéntricos. Ya sea imitando a Chesterton y realizando prospecciones basadas en la imaginación y la ironía, o ya sea emulando a los historiadores tardo-victorianos en sus grandes inferencias históricas en torno al mañana, es deseable que los historiadores, humanistas y científicos sociales contemporáneos se apliquen de nuevo al hábito de pensar y construir el futuro, abandonando de una vez por todas la abulia intelectual en que nos han sumido los dogmas disciplinares mal entendidos y las incertidumbres crónicas de nuestro presente.