pedro-henrique-santos-_vaVbSk8LAk-unsplash-min

¿Institucionalidad o bienestar? Un dilema boliviano — Joaquín Saravia

Los grandes medios de comunicación, tanto en América Latina como fuera, han compartido una narrativa común sobre los gobiernos de izquierda latinoamericanos del siglo XXI. Según esta construcción, se trata de un grupo homogéneo caracterizado por un discurso populista, un accionar autoritario y una gestión económica cortoplacista y deficiente. Esta visión simplificadora de la realidad es muy fácil de desmontar, bastaría presentar los contrastes evidentes entre el ‘capitalismo nacional’ kirchnerista, la deriva socialista del chavismo y, ni haría falta decirlo, el Brasil de ‘Lula’, aquella potencia económica que convirtió al de Caetés en la foto más buscada del capitalismo global.

El interés de este artículo se enfoca en el análisis del proyecto político más estable de la diversa izquierda latinoamericana tras el caso uruguayo: la Bolivia de Evo Morales Ayma. El domingo 20 de octubre, el natural de Orinoca ganaba, no sin polémica, su cuarta elección consecutiva. Este artículo analiza la relación conflictiva entre dos elementos clave de la actualidad boliviana que deberían ser complementarios: el bienestar (éxito político, económico y social) y la institucionalidad, así como su potencial influencia en la situación actual y futura de Bolivia.

Ya sea con entusiasmo por parte de unos (la izquierda) o a regañadientes por parte de otros (la derecha), la exponencial mejoría de Bolivia bajo los mandatos de Evo Morales está fuera de discusión. Su primer logro es el de haberse convertido en el primer presidente indígena de la historia en un país donde los derechos de estos colectivos fueron maltratados a pesar de su amplio número.

El segundo es la consecución de una gran estabilidad social en un país que heredó envuelto en cruentos conflictos, lo propio fue posible debido al reconocimiento de la realidad plurinacional boliviana junto a una efectiva gestión. Esta última se caracteriza por un continuo crecimiento económico (4,9% promedio en los 13 años de gobierno), la redistribución de la riqueza, la reducción de la pobreza del 60% al 35% y una efectiva inversión en servicios públicos como la sanidad y la educación1.

Sobre la ola de reconocimiento mundial (críticas debido a sus relaciones con el régimen venezolano aparte) fue que Morales Ayma se chocó de lleno con una pared: la constitución promulgada por su propio gobierno en 2009. La carta magna que convirtió la otrora república en un estado plurinacional establece, sin lugar para la duda, el límite de tres mandatos presidenciales. En consecuencia, este año debería ser el último de Evo al frente del país, ya que su reelección sería inconstitucional.

El oficialismo se encontró así ante dos opciones: respetar la constitución o intentar cambiarla. Lo primero suponía cambiar la cabeza de un proyecto exitoso que, si bien contaba con cuadros políticos preparados, concentró el protagonismo en el presidente. Esto suponía, a nivel de partido, asumir el riesgo de perder el poder debido a una transferencia de voto incompleta hacia el nuevo candidato. Para Evo, por otra parte, suponía asumir un rol secundario (aunque influyente), así como el riesgo, siempre latente de que, ante una situación de poder limitado, su sustituto le salga como Lenín Moreno.

Las opciones eran claras: asumir los riesgos de dar un paso al costado con una gran imagen positiva o cambiar la constitución para mantenerse en el poder. Como ya pasó en el caso de su amigo Hugo Chávez, el presidente puso a la ciudadanía en el siguiente dilema:

¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos dos veces de manera continua?2

Para shock y disgusto de Evo, así como algarabía y renacimiento de la oposición, la respuesta al referendo del 21 de febrero de 2016 fue un ajustado pero indiscutible ‘no’ (51,3% a 48,7%)3. Consideraciones ideológicas aparte, el resultado demuestra una madurez del electorado boliviano que, en el momento de mayor bienestar y más larga estabilidad social, puso el cumplimiento de la carta magna y la defensa de la institucionalidad por delante del agradecimiento al proveedor del bienestar.

A pesar de que la derrota desgastó su imagen, Morales decidió cometer el peor error de su gestión: hacer caso omiso de la voluntad popular y buscar otras vías para optar a su cuarto mandato. Aunque quizás lo más inteligente hubiese sido reproducir la exitosa estrategia de Cristina Fernández y presentarse como vicepresidente, Evo se mantuvo firme en la idea de encabezar el tándem con García Linera. Tras una reunión urgente el Tribunal Supremo Electoral (TSE) autorizó, en decisión dividida, la candidatura del binomio.

Las críticas de la oposición no se hicieron esperar al relacionar al presidente con el actual caso venezolano y la inquietante posibilidad del establecimiento de un régimen no democrático. Con este contexto se presentó Morales a las elecciones y, a pesar de su holgada victoria, su validez está puesta en cuestión. Esto se debe al sospechoso escrutinio que, tras detenerse sorpresivamente con una distancia menor a los 10 puntos necesarios para evitar la segunda vuelta, acabó otorgándole la victoria al oficialismo.

Más allá del parón sospechoso (que también ocurrió en las primarias argentinas de agosto sin escándalo nacional ni internacional alguno), de momento no hay pruebas de un fraude electoral. Es muy llamativo el posicionamiento de un organismo cuya parcialidad amerita otro artículo: la OEA (Organización de los Estados Americanos). Mientras que el ejecutivo la invita a auditar la elección y demostrar el fraude, la OEA no exige siquiera el recuento de los votos (hecho dificultado por la pequeña pero llamativa quema de urnas realizada por la oposición). En su lugar, el organismo exige la realización inmediata de una segunda vuelta. Más que un intento de defender la democracia parece el de sostener la ya endeble restauración conservadora de la región, como demuestran las dificultades de Piñera en Chile o de Moreno en Ecuador, situación que se agrava tras el retorno al poder del peronismo en Argentina.

En este contexto incierto, Bolivia parece un elemento más en los equilibrios geopolíticos mundiales, lo que augura, al menos, un corto plazo de inestabilidad y movilizaciones para desgastar al cuestionado presidente. El resultado de la segunda vuelta en las elecciones uruguayas puede acelerar y radicalizar este proceso ante el miedo de la derecha a las mal llamadas ‘brisas bolivarianas’ que, si la tendencia hacia la izquierda de la región se mantiene, amenazan con convertirse en un huracán.