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Choque de objetivos en Argentina y una secuencia de políticas posible — Gabriel Palazzo

En el día de ayer hemos vivido una nueva transición de gobierno pacífica en la democracia argentina. Es un motivo nada menor para estar contentos en una convulsionada América Latina, sumada al hecho de nuestro corto proceso democrático ininterrumpido del país. Los desafíos del próximo gobierno son múltiples, y las urgencias sociales y de política presionan para tomar decisiones económicas con celeridad. No obstante, -si se nos permite la metáfora-, las grandes jugadoras de fútbol hacen la diferencia esperando medio segundo más para tomar una decisión dentro del área de gol. Esta columna se propone marcar los límites macroeconómicos que tiene la Argentina en este momento y la necesidad de no apresurarse en las decisiones para lograr compatibilizar los objetivos de corto y largo plazo a los que se enfrenta la nueva gestión.

Entre los distintos desafíos que se enfrenta el nuevo gobierno, hay tres de ellos que resaltan y urgen decisiones al respecto. El primero, y tal vez más palpable para el ciudadano, es de demanda efectiva. La economía se encuentra en retroceso, con una baja utilización de la capacidad instalada, aumento del desempleo y una caída del salario real que afecta a la pobreza y a la desigualdad del ingreso.

En los últimos ocho años ya hemos visto repetidos ciclos económicos de muy corto plazo asociados a depreciaciones y apreciaciones del tipo de cambio real que explican las variaciones en la demanda efectiva. Una depreciación acelera la inflación y, como los salarios se ajustan con rezago, se produce una caída del poder adquisitivo y la reducción de la demanda efectiva. La apreciación, por el contrario, permite disminuir la inflación y, en este caso, aumentar el salario real en el corto plazo, incrementando la demanda1. Este repetido ciclo nos da la idea de que una posible salida sería mantener el tipo de cambio nominal estable, para -en un contexto inflacionario como es el argentino- producir una apreciación real de la moneda y lograr el repunte de la actividad económica. Aquí aparece la primera alerta, contradicción y choque con el segundo problema que sobresale en la economía argentina: la deuda en dólares y el pago de intereses de los próximos años.

Numerosos colegas han alertado sobre la severa dificultad que posee el estado para hacer frente a los próximos vencimientos de deuda y pago de intereses del gobierno. Estas obligaciones, por su parte, son en dólares, lo que indica que la economía en su conjunto debe proveer un flujo de dólares superavitario para poder hacer frente a las obligaciones. En este contexto, no obstante, apreciar la moneda para apuntalar la demanda efectiva, abarataría las importaciones y restaría rentabilidad a las exportaciones, perjudicando la obtención del flujo de dólares requerido. Por tal motivo, países que se encuentran con problemas de deuda en moneda extranjera y restricción al financiamiento internacional deben, necesariamente, mantener un nivel de tipo de cambio más alto que su contrafáctico con menor deuda. Esto recomendaría no volver a utilizar al tipo de cambio para enfrentar el problema de demanda efectiva que mencionamos inicialmente.

Otra alternativa para enfrentar el problema de demanda sería realizar una política fiscal expansiva para contrarrestar la fase descendente del ciclo. Nuevamente aparece una nueva contradicción con el problema de deuda mencionado. Ante la necesidad de lograr un sendero de deuda sostenible, existe la necesidad de sanear las cuentas estatales, reduciendo el déficit fiscal y volviéndolo superavitario. No se puede gastar lo que no se tiene y nadie te presta. La única posibilidad en este caso, sería recurrir a la emisión de dinero por parte del Banco Central y que así el estado recoja lo que se conoce como impuesto inflacionario.

Sin embargo, un escape vía emisión monetaria lleva al choque y contradicción con el tercer problema: la inflación crónica que afecta a Argentina. Mayor emisión, en este contexto de recesión e incertidumbre, puede generar que una parte relevante de la población aumente la demanda de dólares incrementando la presión hacia una depreciación de la moneda. Esto, como mencionamos unos párrafos arriba, aceleraría la inflación y provocaría una caída del salario real, afectando negativamente a la demanda efectiva. Es decir, chocaría con el problema de demanda nuevamente. Es verdad que los controles a la compra de divisas eliminan parte de este riesgo, a costa de permitir una apreciación real del tipo de cambio real. Sin embargo, volvemos en bucle al problema del atraso cambiario y la necesidad de dólares para el pago de la deuda externa. El laberinto económico y sus efectos de equilibrio general muestran una dificultad extrema para su resolución a esta altura de esta nota.

Hasta aquí hemos explicado los tres problemas económicos que sobresalen en este momento. Estos son: (1) una economía en recesión y con una demanda efectiva retraída; (2) una de inflación crónica que es necesario atacar; y (3) un problema de sostenibilidad de deuda y necesidades de financiamiento en el muy corto plazo. ¿Cómo se sale de este laberinto?

Aquí pareciera, en nuestra opinión, haber únicamente una secuencia que puede desatar el nudo y generar espacio para atacar al resto de los problemas urgentes que enfrenta la economía. Como parece tener bien en claro el nuevo equipo económico, es necesario resolver las necesidades de financiamiento y la sostenibilidad de la deuda para poder luego dar cuenta del problema inflacionario y la demanda efectiva. ¿Por qué? Porque al reducir el nivel de deuda, disminuye la necesidad de mantener un tipo de cambio muy competitivo y abre espacio fiscal para, por lo menos, reducir la necesidad de una contracción del déficit del estado demasiado exigente. Sería deseable, sin embargo, que si se despeja el panorama de la deuda, el camino a seguir luego se enfoque en perseguir un programa de estabilización general.

Estos programas, típicamente, utilizan el tipo de cambio y/o, en algunas ocasiones, las tarifas de los servicios públicos como anclas para guiar las expectativas de inflación. La apreciación que produce el propio programa al usar el tipo de cambio como ancla desacelera la inflación, generando un efecto expansivo en el corto plazo debido al aumento del salario real y la devolución al sector privado de lo que antes se obtenía por impuesto inflacionario. Por otra parte, si bien la apreciación juega en contra de la competitividad externa, al realizarla luego de la reestructuración de la deuda, la necesidad de un tipo de cambio muy competitivo ya no es tal y el margen para permitir una revaluación de la moneda es mayor que en el contexto inicial.

Es evidente que estos planes requieren una coordinación de la política fiscal y monetaria mayúscula, y políticas de ingresos puede ser muy útiles para coordinar expectativas. No obstante, creemos que cualquier secuencia que no implique primero una renegociación de la deuda será fútil y contraproducente, ya que disminuirá la credibilidad de los instrumentos de política malgastados y empeorará las condiciones iniciales para la realización de un plan económico integral.

Por tal motivo, pensamos que el gobierno entrante no debe apurarse con medidas económicas, si no transitar la secuencia indicada, tomándose ese tiempo de más necesario para resolver los problemas ante momentos de tensión. Esto incrementaría la posibilidad de éxito. Sin embargo, nada garantiza al mismo, y la posibilidad de un sendero virtuoso transita por un filo de navaja muy estrecho.