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Reacciones sociales en México ante el COVID-19 — Omar Fabián González Salinas

Doctorando en Historia en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México (CEH-COLMEX).

En México, como en otros países, la epidemia del covid-19 ha tomado distintas dimensiones debido a las insuficiencias en los servicios de salud del Estado; y a la desigualdad social que divide a quienes cuentan con recursos suficientes para guardar cuarentena en casa, y quienes se ven en la necesidad de seguir trabajando. Aunado a ello, en estas líneas me interesa poner de relieve otras dos reacciones que algunos mexicanos han mostrado ante el coronavirus.

En primer lugar, quiero referirme a la incredulidad y teorías de la conspiración que rodean al covid-19; una actitud también presente en otros países, pero que en México tiene la particularidad de mezclarse con una marcada desconfianza de los pobladores hacia sus gobernantes. En efecto, detrás de las voces que señalan que la epidemia es un invento del Estado o una “cortina de humo”, entre otros muchos bulos más; no solo hay ignorancia y tendencia a creer en conspiraciones globales, también encontramos descontento social, suspicacia y hartazgo que la población guarda hacia sus dirigentes políticos, quienes están lejos de ser interpretados como personas honorables dignas de ser depositarias de nuestra confianza.

Este es un problema sociopolítico de suma importancia, pues debemos preguntarnos qué clase de experiencias hemos vivido como país a tal grado que antes de creer en la existencia de una epidemia internacional, a muchos les parece más lógico pensar que esto es un “circo” orquestado por políticos mexicanos. Es probable que la respuesta se encuentre en el efecto acumulado de varios procesos, entre ellos: el descontento generado por una estructura de Estado corrompida hasta la médula, la ausencia de soluciones a los problemas sociales, la raquítica economía que no logra frenar el crecimiento de la pobreza, y los constantes engaños mediáticos, entre los que figuran el famoso “chupacabras” de la década de 1990, y el caso de Florence Cassez, en el que todo apunta a que una televisora y autoridades simularon la detención policial de una banda de secuestradores.

Estos procesos han formado un terreno fértil donde la desinformación y las teorías de la conspiración proliferan hasta el punto en que los audios y vídeos que circulan por redes sociales difundiendo noticias falsas –sin referir autores concretos ni fuentes confiables–, tienen mayor credibilidad que las instituciones gubernamentales, incluidas las del sector salud.

No está de más recordar lo peligrosas que resultan estas posturas. Un claro ejemplo es el movimiento anti-vacunas –también respaldado por teorías de la conspiración– y que está provocando el resurgimiento de enfermedades que ya habían sido erradicadas. En el caso del covid-19, la incredulidad frente a esta enfermedad es uno de los factores que inciden en su propagación. Para muestra, en el estado de Michoacán –desde donde escribo estas líneas– existe una ciudad llamada Lázaro Cárdenas, donde buena parte de la población insiste en que la enfermedad es un invento e incitan a no acatar la cuarentena. ¿El resultado? Habiendo 113 municipios en el estado, Lázaro acumula aproximadamente el 50% de contagios de la entidad michoacana.

Otros casos no menos alarmantes son los sucedidos en comunidades del estado de México y de Chiapas, donde la desinformación ha provocado que pobladores quemen ambulancias y clínicas e impidan la fumigación de calles, bajo la idea de que el coronavirus no existe, o en todo caso, se trata de una enfermedad propagada intencionalmente por el gobierno mexicano para disminuir la población.

Un segundo tema que me interesa apuntalar, es el rechazo y hasta violencia que han sufrido trabajadores de servicios médicos, de parte de individuos que los acusan de ser foco de infección del covid-19. Los profesionales de la salud están frente a situaciones tan ambivalentes, que por un lado son aplaudidos y reconocidos como “héroes” por estar en la línea de fuego luchando contra la epidemia; y por otro, quedan expuestos a vejaciones y ataques que recuerdan la exclusión que los enfermos de lepra sufrían en la Antigüedad.

Si bien es cierto que el miedo puede desembocar en violencia, no encuentro explicación razonable del porqué de estos ataques. En lo que sí hay certeza, es que el temor, la psicosis y la ignorancia componen una mezcla tan irracional como peligrosa.

En suma, no debe perderse de vista que además del alarmante riesgo a la salud, la pandemia del coronavirus también está potenciando conflictos sociales, económicos y políticos. Al menos, los casos antes referidos hablan de cómo esta epidemia ha evidenciado –aún más– la desconfianza hacia los gobernantes, el poder de la desinformación, la carencia de valores y las profundas desigualdades que prevalecen en México.